En pleno hiato creativo estival del blog viví una de las experiencias parqueristas más surrealistas de toda mi vida, que me llevó a dormir en un puticlub en una de mis visitas a Parque Warner. Hoy vengo dispuestos a contároslo todo. Coged palomitas, encended las luces "rojo putón" de vuestro salón, poneros vuestra mejor lencería y sumergíos en la más profunda fantasía.
A principios de verano Parque Warner anunció una "jornada para profesores" agendada para el día 13 de septiembre. Con las oposiciones recién superadas y trabajando en un centro educativo me dispuse a apuntarme de cabeza ya que cumplía los requisitos. Al margen de mis maratonianas subidas estivales a Terra Mítica, llevaba desde mayo sin pisar un parque y el cuerpo iba pidiendo a gritos uno, aunque fuese un más que trilladísimo Parque Warner.
El irresistible chollo de Fuenlabrada
![]() |
| Presentación de la Warner Academy a la que pude asistir |
En un Madrid cada vez más gentrificado que no pierde ocasión para sacar los cuartos a los pijos cada fin de semana no fue ninguna sorpresa de que hubiera un "gran evento" que justificara los desorbitados precios de transporte y hotel. Podría haber sido el concierto de Shakira, el eclipse solar o la visita del Papa, pero en esta ocasión todo el público local parecía estar "delulu" con la celebración de la Fórmula 1 en la capital. Un evento, por cierto, que se ha zanjado con críticas por precios abusivos de comida, bebida y entradas, llegando a cobrar 900 euros por asientos con visibilidad completamente nula de la pista de carreras.
En este contexto me animé a subir "a la capi" atraído por un hotel considerablemente más barato que todos sus homólogos, que no bajaban de 130 euros por una noche, incluso aquellas opciones más cutres. Se trataba de un hotel ubicado en las inmediaciones de Fuenlabrada. Sencillo pero correcto, con casi cuatro estrellas en Google reseñas. Por fotos nada parecía sospechoso para tratarse de un hotel de carretera en el que pasar la noche y recargar fuerzas hasta marchar hacia el parque a la mañana siguiente.
De la Warner Beach a la Warner Bitch
Tras una tarde agridulce en Warner Beach y tras pillar algo para cenar en un Burger King de Pinto, me recogió el Uber que me llevaría al hotel. Estaba reventado por la paliza del transporte, deseando llegar y darme una buena y reparadora ducha en mi habitación. Cuando tras 10 minutos de trayecto el coche se paró junto a una gasolinera y un puticlub gigante de cinco plantas no me lo podía creer.
No había lugar a dudas, en ese edificio se hacía algo más aparte de dormir. Las luces rosas iluminando la fachada, un cartel neón que anunciaba la existencia de una "discoteca", la silueta de una "mujer de moral distrída" haciendo striptease siendo parte de la fachada... Sin saberlo había reservado una habitación en un lupanar.
Tras bajar mi equipaje del vehículo cuyo conductor pensaría indudablemente que acababa de hacerle la carrera a un putero, me dispuse a entrar al edificio. Cualquier esperanza de que el hotel no tuviera nada que ver con la "sala" anexa se difuminó de repente. Una gran vitrina llena de productos Durex de todas las formas, colores y tamaños se erigía a un lateral del espacio. El centro de la estancia lo presidía un mueble hexagonal revestido de vidrio inimaginable en cualquier otro lugar que no fuera un sex shop del barrio rojo de Amsterdam.
Escaparates de Durex y clones del Dandi de Barcelona
Mientras la eficiente e inexpresiva chica de recepción me tomaba los datos para el check in, me dispuse a mirar a mi alrededor para sondear el ambiente. Una inquietante luz verde neón que salía de varios halógenos del techo creaba un efecto raro que rompía con la escasa iluminación de la estancia. Anexa a la recepción se encontraba la cafetería 24 horas del hotel, completamente vacía en esos momentos pero lista para que huéspedes pudieran recargar fuerzas después de "tanta actividad". Un cartel que recordaba normas tan básicas como "no entrar con los senos descubiertos" me hacía presuponer que el ambiente nocturno no sería el más familiar.
Tras recoger la tarjeta de mi habitación me dirigí al ascensor, cruzándome con varios hombres de complexión similar al Dandi de Barcelona por el camino, todos ellos por alguna razón solos (de momento). Cuando localicé mi puerta, tiré del pomo con miedo a lo que encontraría detrás pero con la decisión de querer bunkerizarme a la mayor brevedad posible.
La habitación, claramente con fines de ser un picadero para camioneros, parecía no obstante guardar algo de disimulo para no contrariar al puñado de huéspedes sin necesidades lujuriosotransaccionales que se dejaran caer por el establecimiento. Invadido por un penetrante olor a tabaco, empecé a examinar cajones y armarios con miedo a encontrarme alguna prenda de lencería o algo peor.
Miedo me daba encender la televisión, temeroso a que sintonizara automáticamente en canal Playboy TV. Encima de la cama, cuyo cabecero había visto sin duda días mejores, habían unas toallas enrrolladas y unas rosas sintéticas claramente compradas en alguna nave del polígono chino que rodeaba al hotel.
Mi primera (y última) vez en un puticlub
El peak del humor era ver que el armario estaba dividido en dos espacios separados por una pared, claramente uno de ellos para la "pretty woman" y el otro para el putero. En cual de los dos compartimentos dejé las cosas lo dejo a imaginación de cada lector. A través de la ventana la cosa no mejoraba, con vistas a un parking completamente a oscuras y una especie de púas clavadas en la repisa a fin de ahuyentar los asaltos nocturnos. No daba crédito, había pasado de estar en la Warner Beach a dormir en la "Warner Bitch".
![]() |
| Vistas desde la habitación |
Convencido de que la única incursión a una "casa de lucecitas" en mi vida sería viendo el Deluxe en el que la tía de Fani le acusaba a ir a "cambiar alarmas" por las noches a un chalet de Aravaca, no podía hacer otra cosa más que descojonarme a carcajada limpia por la surrealista confusión. Cuando llamé a mi madre para contarle la situación su reacción fue tratar el asunto como si me hubiera metido en nada menos que en la Franja de Gaza. Por alguna razón lo primero que me preguntó fue: "Fer, ¿pero hay ventanas en la habitación?".
Una vez duchado y con pijama, que pese a ser de verano sería mucho más recatado y generoso en cuanto a metros de tela respecto al resto de huéspedes, me dispuse a investigar el "background" del hotel revisando reseñas en internet. Aunque había para todos los paladares, lo cierto es que yo no era ni mucho menos el primer huésped que se encontraba con el pastelón al poner un pie en el hotel. Una tal Pilar esgrimía: "Al llegar no podía creérmelo, ¡era un club de alterne! Íbamos con mis hijos y sus novias, mi marido y yo. ¡Muy fuerte!". Otros sin embargo alababan la discreción de las señoritas y los buenos precios ofrecidos a cambio del pequeño inconveniente de compartir edificio con una casa de citas.
Bunkerizado en mi habitación ante las amenazas nocturnas
Al parecer el edificio estaba separado en dos sectores. Las plantas uno y dos hacían la función de puticlub, mientras que de la tres a la cinco estábamos el resto de mortales. Según leía en comentarios y como si esto fuera un adventure trek, había una "entrada secreta" que conectaba discretamente el hotel con la "discoteca". Una discoteca en la que de forma espontánea los señores podían conocer a damas que claramente estaban allí para divertirse y con las que sin intervención alguna de la casa podrían llegar al acuerdo que consideraran más oportuno.
Me dormí temiendo haber contratado sin querer una estancia en el Hotel Burn, solo que en vez de mandarme a monstruos para asustarme mientras intentaba conciliar el sueño, hicieran lo propio con una "consejera del amor". Eso sí, si me mandaban a una escort lo máximo que le podría hacer sería unas trenzas, cepillarle el pelo y organizar una maratón de Paquita Salas en Netflix.
Descenso a los pasillos del pecado
A la mañana siguiente decidí marcarme un reportaje de investigación digno de la época en la que Aída Nizar estaba al frente del difunto Sálvese Quien Pueda. Bajo el lema de "riesgo máximo, documentación máxima e investigación máxima" salí de la habitación con el equipaje dispuesto a penetrar en las entrañas del puticlub. En el otro extremo del pasillo vi unas escaleras discretamente escondidas que de haber estado en Madame Tussauds Londres hubieran conducido a las Chambers of Terror. Un cartel advertía no utilizar ese camino para llegar de nuevo a recepción puesto que de hacerlo... encontrarías otra cosa.
De perdidos al río comencé a descender hasta llegar a la planta dos. El pastel era evidente, de repente la iluminación de los pasillos no era blanca nuclear, sino que estaba regada por un rojo putón que emanaban unos focos cenitales pese a ser las 9 de la mañana. Un carrito de la limpieza recogía varios excesos de la noche anterior materializados en forma de cóctel.
Seguí descendiendo hasta llegar a la planta cero en la que se encontraba un mucho menos discreto de lo que esperaba acceso a la "sala discoteca". Las "clientas" de este área del hotel debían seguir estrictas directrices sobre su vestimenta, como por ejemplo abstenerse de llevar ninguno de los 4785 tipos de calzado que no fueran tacón de aguja o, por alguna razón que signo intentando descifrar, no llevar "blue jeans" (de otros colores sí estaba permitido). En caso de querer tomar algo en la cafetería, eso sí, deberían vestir de calle, no fuera a ser que compartieran barra con Pilar o cualquier otro huésped susceptible de escandalizarse.
Deshice el camino de vuelta con la maleta a cuesta a riesgo de encontrarme a alguien semidesnudo hasta llegar al "checkpoint" ubicado entre la segunda y la tercera planta. Tras devolver la llave en recepción salí al asfalto de la gasolinera para subirme al Uber y dejar atrás al fascinante microuniverso que me había regalado tanta dosis de camp y humor desde la noche anterior.
Aprendí que al igual que en Roma es típico alojarse en conventos de monjas con toque de queda para ahorrarse algunos billetes, en Fuenlabrada debe de ser habitual lo de hacer coworking con meretrices y sus puteros compartiendo pasillo y zonas comunes. Como diría Paquita Salas, "coworking", como cowboy.














